Los rituales de Pushkar
- Denise Klahr

- 22 ago 2019
- 5 Min. de lectura

Llegamos a Pushkar un lunes al mediodía. Veníamos de Jaipur, una de las ciudades más grandes del estado de Rajashtán (al norte de India), por lo que la opción de un pueblo nos parecía buena idea para bajar la intensidad, recorrer y descansar; pero claramente no es lo que estaría por suceder.
Paramos en un hotel en las afueras del pueblo; y las afuera del pueblo le llamo a las ocho cuadras lejos del centro.
Si van a viajar por India deben saber que las fotos que publican los alojamientos no tienen nada que ver con la realidad del lugar. Para asegurarse dónde están yendo siempre es bueno leer los comentarios sobre el lugar y así también se vuelve más fuerte y fundamental la confianza en la comunidad viajera.
Volviendo al relato, teníamos hambre así que luego de dejar nuestras cosas en el hotel empezamos a caminar. El camino desembocó en unos pasajes que nos llevaron directo al bazar, uno de los más grandes del estado de Rajashtán. Caminando por sus calles podés encontrar cientos de tiendas coloridas, vacas, perros, motos (que tocan la bocina muy fuerte para poder pasar; aún cuando no hay gente interrumpiendo el paso), muchos más turistas de lo que vimos el resto del viaje y muchísima gente del pueblo.
Por el camino del bazar de Pushkar se abren callejones para todos lados. Algunos desembocan en escaleras empinadas, o estilo caracol, que suben hasta templos, restaurantes y hostels; pero los más bellos son los que te llevan hacia el lago.
Y acá la esencia de Pushkar: EL LAGO.
Cuentan los relatos del hinduismo, que hace miles de años, Brahma (el dios creador) arrojó una Flor de Loto sobre el suelo y que de ella florecieron las aguas. Hoy en día, el lago es considerado sagrado y Pushkar es el único lugar en India donde se construyó un templo para honrar a Brahma.
Decidimos bajar al lago por uno de los callejones y nos encontramos con gente del pueblo bañándose en sus aguas y parlantes provenientes de los templos proyectando sus rezos en altavoz. En verdad arman una nube de sonido inentendible, pero son parte del paisaje.
Ese fue nuestro primer encuentro con el lago. Contemplamos un rato el paisaje y decidimos volver a la calle central para comer.
Entramos a un restaurante y pedimos unos ''Momos'', comida característica de la zona del Tibet. Viviendo hace casi 5 meses en India, unx aprende a distinguir entre los lugares de comida ‘’segura’’ y los que implican un poquito más de ‘’rezo para que todo esté bien’’; bueno, este era uno de los del segundo tipo.
Comimos muy rico, hoy puedo decir que era comida segura, y al terminar empezamos a escuchar unos tambores que venían de la calle central del bazar.
Salimos a ver qué pasaba y nos encontramos con una procesión de la gente del pueblo. Cientos de hombres y mujeres venían caminando por la calle central. Los hombres tocaban tambores y las mujeres, coloridas como siempre, bailaban al ritmo de la música. Apenas nos vieron paradas mirándolos, nos agarraron las manos y nos invitaron a bailar. Créanme que fue una de esas sensaciones de cuando estas dentro del mar y ves venir la ola: o te subís o te arrolla.
Bailamos con ellxs a lo largo de 10 cuadras más o menos. Lo que sucedió a continuación fue una de esas sensaciones mágicas y extrañas a la vez. Bailamos siendo parte de la ceremonia sin saber bien de qué se trataba aún, pero con una extraña sensación de pertenencia. Las mujeres nos incluyeron en sus rondas y nosotras imitamos sus pasos mientras unas nos pasaban a las manos de otras. Los hombres venían, nos sonreían y nos regalaban el sonido de sus tambores para que los escuchemos de cerca y bailemos a su ritmo.
Sin darme cuenta, mientras bailaba, me empezaron a caer lágrimas de los ojos; había una energía muy especial dando vueltas en el aire. Copiaba los pasos de las mujeres y lloraba. Pero dejé que las lágrimas cayeran, y que ojalá que las mujeres al mirarme entendieran que era felicidad. Entendí que tenía esa sensación, la emoción de sentirme parte.
Me emociona ser parte de rondas de mujeres en cualquier rincón del mundo, me emociona sentirme tan bienvenida en una nueva cultura. Me emociona entender que no importa de qué parte del mundo seamos, ni en qué creamos, siempre hay una forma de compartir.
Lo que sucedía en el pueblo era la celebración religiosa por la finalización de la lectura de un libro sagrado del hinduismo y la anticipación a la celebración por la luna llena y eclipse, que iban a ser la noche siguiente.
Al terminar de bailar nos sentamos a orillas del río. Se acercó a hablarnos un hombre indio de unos 60 años. Nos contó que en realidad él era de Chenai, pero que había decidido tomarse unos meses sabáticos en Pushkar por el estrés que le había generado su trabajo en la ciudad. Ahora se dedicaba a servir agua potable a las personas del lugar y dormía cerca del lago, en las escaleras. Nos explicó que si queríamos caminar por el lago debíamos hacerlo en sentido de las agujas del reloj porque de esa manera podíamos intencionar bendiciones para nuestras vidas y alejábamos nuestro karma.
Claro que lo hicimos de esa manera.
Lo hicimos la mañana siguiente, mientras cientos de mujeres llegaban al pueblo por la celebración de la luna llena. Las mujeres llegaban en camiones, esos que comúnmente se utilizan para transportar ganado, pero esta vez lleno de mujeres vestidas con sarees muy coloridos.

Caminamos por el lago en el sentido de las agujas del reloj, pasando entre medio de las rondas de mujeres reunidas para el rezo. El lago estaba tan poblado que por momentos no teníamos donde poner nuestros pies para caminar. El ritual del rezo se repetía en cada rincón. En el medio de la ronda siempre la misma estructura construida con sahumerio, flores, fuego, un coco y un algo parecido al maíz. Algunas mujeres rezaban solas y otras guiadas por un hombre vestido de blanco y con un turbante naranja en la cabeza. Un guía espiritual del hinduismo. Algunas mujeres estaban en ronda y otras ya sumergidas en las aguas sagradas. Algunas mujeres se sumergían con el saree y otras se desvestían a orillas del lago.
Terminamos la vuelta, nos sentamos en unas escaleras lejos de la multitud y respiramos en silencio. Necesitábamos no hablar. Realmente no recuerdo la última vez de haber presenciado un ritual con tal intensidad. Estábamos agotadas y agradecidas a la vez.
En la foto, la mañana siguiente al ritual, con el lago considerablemente vacío comparado a la mañana anterior, una mujer de Pushkar alimenta a las palomas. Yo, sentada en las escaleras que bajan al lago, tomo mate y contemplo el paisaje.


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